Autor: Óscar Martín Mesonero
Eclipse lunar del 15 de junio de 2011, uno de los más oscuros y extensos registrados en las últimas décadas. La luna se sitúa completamente inmersa en la umbra, la parte más profunda de la sombra proyectada por la Tierra en el espacio. Debido al drástico descenso en la reflectividad y el brillo propio del disco lunar, el sensor de la cámara logra capturar con gran nitidez estrellas circundantes, que normalmente quedan ocultos bajo el brillo de la Luna llena. El característico color anaranjado y cobrizo que tiñe la superficie está determinado directamente por las condiciones atmosféricas de nuestro planeta a través de la dispersión de Rayleigh. Al alinearse los astros, la atmósfera terrestre actúa como un prisma que desvía y refracta la luz del Sol hacia el interior del cono de sombra. Mientras que las longitudes de onda cortas (como el azul y el violeta) se dispersan y se eliminan en los gases atmosféricos, las longitudes de onda más largas (rojas y anaranjadas) logran atravesar la atmósfera y proyectarse sobre el relieve lunar, iluminando sus mares y cráteres con ese brillo rojizo. La tonalidad e intensidad exacta de este color durante el fenómeno de 2011 se vio fuertemente influenciada por la presencia de partículas de polvo, cenizas y aerosoles suspendidos en la estratosfera terrestre. En los meses previos a este eclipse, erupciones volcánicas notables inyectaron grandes cantidades de subproductos a gran altura. Este incremento de partículas opacas bloqueó una mayor porción de la luz refractada, provocando que la Luna absorbiera una iluminación mucho más oscura, densa y rojiza de lo habitual, transformando el evento en una de las llamadas simbólicamente «lunas de sangre» de mayor profundidad visual del siglo
