El 12 de agosto de 2026 tuvo lugar uno de los acontecimientos astronómicos más esperados de los últimos años: un eclipse total de Sol visible desde buena parte de España. Con motivo de este fenómeno, la Federación de Asociaciones Astronómicas de España (FAAE) puso en marcha la Misión Globo Sonda, un proyecto colaborativo cuyo objetivo era observar y estudiar el eclipse desde un punto de vista muy diferente: la estratosfera.
La misión reunió a diferentes asociaciones y entidades de todo el país para lanzar globos sonda equipados con cámaras y, en algunos casos, distintos instrumentos científicos. Entre sus objetivos se encontraba obtener imágenes del Sol eclipsado y, especialmente, intentar fotografiar desde gran altitud la sombra de la Luna proyectándose sobre la superficie terrestre, además de realizar mediciones relacionadas con la radiación, el campo magnético y las condiciones atmosféricas.
Nuestra asociación participó en esta iniciativa en colaboración con AstroParedes (Paredes de Nava), con un objetivo muy concreto: fotografiar desde la estratosfera la sombra de la Luna durante el eclipse del 12 de agosto. Sobre el papel podía parecer sencillo, pero en la práctica suponía un importante reto técnico: enviar una cámara a más de 30 kilómetros de altura, conseguir que funcionase correctamente en condiciones extremas y que estuviese en el lugar adecuado en el momento preciso para, finalmente, recuperar la sonda y poder obtener las imágenes. Para nosotros, el simple hecho de participar en una misión de estas características ya suponía todo un logro.
¿Cómo funciona un vuelo en globo sonda?
El sistema consiste en un globo de látex de grandes dimensiones diseñado para elevar una carga hasta las capas altas de la atmósfera, alcanzar una determinada altitud y, tras explotar, permitir que la carga regrese a tierra mediante un paracaídas. Bajo él se suspende una góndola (una caja de corcho), que puede transportar cámaras, sensores, sistemas de comunicación y otros equipos científicos.
Para conseguir el ascenso, el globo se llena de helio. A medida que gana altura y disminuye la presión atmosférica, el gas de su interior se expande y hace que el globo aumente progresivamente de tamaño. En torno a los 35.000 metros de altura puede llegar a alcanzar unos 10 metros de diámetro, aproximadamente la altura de un edificio de tres plantas, hasta que el látex alcanza su límite y termina reventando.
A partir de ese momento comienza la fase de descenso y el desplegado del paracaídas. En los primeros instantes, la sonda puede alcanzar velocidades superiores a los 250 km/h, ya que a esas altitudes la densidad del aire es muy baja y el paracaídas apenas puede ejercer resistencia. Conforme desciende hacia capas más densas de la atmósfera, el paracaídas empieza a ser efectivo y reduce progresivamente la velocidad hasta permitir un aterrizaje suave.
Aunque sobre el papel el proceso pueda parecer sencillo, conseguir que todo ocurra en las condiciones previstas requiere bastante planificación. El lanzamiento se calcula para lograr una velocidad de ascenso próxima a los 5 m/s y alcanzar la altitud prevista en el momento preciso. Para ello es necesario ajustar la cantidad de helio en función del peso total de la sonda y del resto de la carga, las características del globo y las condiciones meteorológicas.
Nuestra sonda transportaba las cámaras y toda la electrónica necesaria para la misión. Sin embargo, las fotografías y vídeos no pueden transmitirse por radio durante el vuelo, por lo que es imprescindible recuperar físicamente la sonda una vez regresa a tierra.
La recuperación, por tanto, también se debe planificar desde antes del lanzamiento. A partir de las previsiones meteorológicas se realiza una primera simulación de la trayectoria y del posible punto de aterrizaje. Una vez en vuelo, la sonda transmite continuamente su posición GPS mediante radio, lo que permite seguir su recorrido y realizar una predicción en tiempo real del lugar donde caerá utilizando los datos reales que vamos recibiendo. Esta estimación se vuelve especialmente precisa una vez que el globo ha explotado y conocemos el punto exacto desde el que comienza el descenso.
Por este motivo, varios equipos distribuidos en diferentes vehículos siguen la trayectoria del globo y se desplazan hacia la zona prevista de aterrizaje. Cada equipo cuenta con equipos de radio, ordenadores portátiles y walkie-talkies para recibir los datos enviados por la sonda, compartir la información entre los distintos grupos y transmitirla a través de Internet a una página web desde la que puede seguirse la posición del globo prácticamente en tiempo real.
De este modo, todos los equipos pueden conocer la evolución de la trayectoria y dirigirse hacia la zona de caída con el objetivo de localizar la sonda y recuperar las cámaras y los datos almacenados durante el vuelo.
Cómo planteamos la misión
Desde el principio quisimos plantear la misión de forma completa, intentando controlar todos los aspectos necesarios para que el lanzamiento pudiera llevarse a cabo con las mayores garantías posibles. Esto implicaba no solo diseñar y construir la sonda, sino también realizar las pruebas previas, preparar los sistemas de seguimiento y recuperación, tramitar los permisos necesarios de vuelo y comunicación así como definir cómo debían coordinarse todos los equipos implicados.
Nuestro objetivo principal era obtener imágenes del eclipse desde la estratosfera, por lo que decidimos contar con dos cámaras independientes, una GoPro y una Insta360. Del mismo modo, planteamos el seguimiento de la sonda mediante varios sistemas: una sonda Vaisala modificada para transmitir en frecuencias de radioaficionado y un nodo LoRa/Meshtastic con GPS. Este último se comunicaba además con un sistema central encargado de recopilar y almacenar en una tarjeta SD los datos de diferentes sensores de presión, humedad, temperatura e intensidad luminosa, así como de monitorizar distintos puntos del interior y exterior de la góndola y el entorno de las cámaras. A todo ello se sumaba una baliza visual y sonora para facilitar la localización de la sonda una vez en tierra.
La idea era sencilla: no depender de un único elemento para cumplir la misión. Si una cámara fallaba, todavía tendríamos una segunda; y si uno de los sistemas de seguimiento dejaba de funcionar, podríamos seguir contando con el otro.
Además, incorporamos algunas ideas propias al diseño de la misión, como un sistema con tapón para facilitar el llenado del globo y la colocación del paracaídas plegado en su interior, en lugar de llevarlo suspendido de la cuerda. De esta forma, durante el descenso el paracaídas podía sostener tanto los restos del globo como la propia sonda, evitando que quedasen elementos colgando por encima de la góndola y reduciendo así el riesgo de posibles enredos.

Pero tan importante como comprobar la parte técnica era aprender y ensayar todo el procedimiento de lanzamiento y recuperación. Era necesario definir tiempos, repartir funciones, coordinar los diferentes vehículos, mantener la comunicación entre los equipos y aprender a reaccionar ante los cambios de trayectoria y las incidencias que pudieran surgir durante el vuelo.
Por ello planificamos dos lanzamientos. El primero, realizado el 13 de junio, serviría como un verdadero ensayo general en el que probaríamos no solo la sonda y las comunicaciones, sino también toda la organización y logística necesarias para seguirla y recuperarla. El segundo tendría lugar el 12 de agosto, coincidiendo con el eclipse total de Sol.
13 de junio: el ensayo general
Se aproximaba el 13 de junio, el momento de poner a prueba todo el trabajo realizado desde que el proyecto comenzó en enero. Durante esos meses, los equipos de AstroParedes y OSAE habíamos trabajado de forma coordinada y, en gran parte, a distancia. Una parte del equipo se centró en el montaje y programación de la electrónica de la sonda, mientras el resto trabajaba en los permisos, la logística, la preparación de la zona de lanzamiento y la organización de los equipos de seguimiento y recuperación.
Los días previos al lanzamiento fueron especialmente intensos. OSAE y AstroParedes nos reunimos para integrar las diferentes partes de la electrónica y realizar las últimas comprobaciones. El trabajo se prolongó hasta bien entrada la madrugada del viernes y continuó el sábado prácticamente hasta pocas horas antes del lanzamiento para tenerlo todo listo.
Mientras tanto, frente a la ermita de Nuestra Señora de Carejas, el resto del equipo preparaba la zona: lonas, carpas, la botella de helio y todo el material necesario. La hora prevista se acercaba y la sonda todavía no había llegado, por lo que los nervios empezaban a hacerse notar.
Finalmente la sonda llegó a la zona de lanzamiento con el tiempo justo y comenzamos el inflado del globo. Fue entonces cuando apareció el primer imprevisto: habíamos introducido más helio del necesario. Retirar parte del gas resultó mucho más complicado de lo esperado, aunque afortunadamente la cantidad adicional no comprometía el vuelo. La experiencia nos dejó una primera lección importante para el lanzamiento definitivo: controlar con mayor precisión el proceso de inflado.
Poco después detectamos otro problema: los vehículos de recuperación aún no estaban preparados. Parte del equipo tuvo que reorganizar rápidamente el material e instalar los equipos de radio antes de regresar a la zona de lanzamiento. Finalmente, después de encender y comprobar todos los dispositivos, cerrar la góndola y asegurarla al globo, estábamos listos.
El lanzamiento se produjo con unos 20 minutos de retraso. Tras la foto de grupo y la cuenta atrás, el globo comenzó a ascender rápidamente hasta desaparecer poco a poco en el cielo. Las condiciones eran excelentes, con cielo despejado y muy poco viento, por lo que la trayectoria inicial fue prácticamente vertical.
Apenas media hora después ya estábamos en carretera siguiendo la posición de la sonda y desplazándonos hacia la zona prevista de caída. El seguimiento funcionaba tan bien que incluso pudimos detenernos durante el trayecto para cenar mientras observábamos su evolución. Cuando detectamos la explosión del globo, retomamos rápidamente la marcha.
Al aproximarnos a la zona prevista de aterrizaje, los equipos se dividieron para cubrir una superficie mayor. Uno de ellos consiguió incluso ver la sonda pasar prácticamente por encima de sus cabezas y aterrizar a apenas 200 metros de su posición.
Poco después estábamos todos reunidos de nuevo, esta vez en pleno campo, celebrando que la sonda había sido recuperada con éxito. De vuelta en Paredes de Nava pudimos revisar por primera vez las imágenes obtenidas por las cámaras y comentar todo lo ocurrido durante el vuelo.
La sonda alcanzó una altitud máxima de 37.744 metros, tras aproximadamente 1 hora y 53 minutos de ascenso.
La velocidad media de subida fue de 5,42 m/s (unos 19,5 km/h), ligeramente superior a los 5 m/s previstos y coherente con el exceso de helio que habíamos tenido durante el inflado.
Tras la explosión del globo comenzó el descenso, alcanzando en los primeros instantes velocidades superiores a los 280 km/h. Cerca del suelo, la velocidad se redujo hasta situarse aproximadamente en torno a los 5 m/s, tal y como se había previsto para el aterrizaje.

En total, el vuelo duró alrededor de 2 horas y 39 minutos y la sonda terminó aterrizando a unos 22,6 kilómetros en horizontal respecto al punto de lanzamiento.

Uno de los resultados más inesperados llegó a través del sistema Meshtastic que viajaba a bordo. A medida que la sonda ganaba altura, aumentaba también enormemente el alcance de las comunicaciones por radio. Durante unas horas, usuarios de distintos puntos de la Península Ibérica consiguieron comunicarse a través del mismo canal, aprovechando la extraordinaria cobertura proporcionada por el nodo situado a decenas de kilómetros de altura.
La situación despertó rápidamente el interés de la comunidad. Los canales de Telegram relacionados con Meshtastic comenzaron a llenarse de mensajes siguiendo el vuelo y comentando el alcance que estaba consiguiendo la sonda. Recibir felicitaciones y mensajes de personas desde diferentes puntos de la Península fue uno de los momentos más motivadores del ensayo y una consecuencia del lanzamiento que no habíamos previsto inicialmente.
La prueba había cumplido su objetivo. Habíamos comprobado el funcionamiento de la sonda y de los sistemas de seguimiento, pero también habíamos aprendido a coordinar un lanzamiento real, detectar problemas logísticos y ajustar mejor los tiempos. Todo ello nos permitía afrontar con mucha más confianza el verdadero objetivo de la misión: el lanzamiento del 12 de agosto.
12 de agosto: el vuelo del eclipse
El 12 de agosto llegó finalmente el día para el que llevábamos meses preparándonos. Esta vez, además, el lanzamiento formaba parte de una jornada mucho más compleja. Paredes de Nava se preparaba para recibir a numerosos visitantes llegados desde diferentes puntos de España e incluso del extranjero para observar el eclipse. Había que organizar aparcamientos, autobuses, zonas de observación, espacios para comer y toda la logística asociada a un acontecimiento de estas dimensiones.
A todo ello se sumaba nuestra propia misión. La experiencia del vuelo de junio nos había enseñado la importancia de disponer de margen suficiente, por lo que en esta ocasión el globo se infló con bastante antelación. La intención era precisamente evitar las prisas y retrasos del primer lanzamiento y tener todo preparado cuando llegase el momento.
Sin embargo, esta vez apareció un problema diferente: el viento. Una vez inflado, el enorme tamaño del globo hacía muy difícil mantenerlo estable. Las rachas lo inclinaban continuamente y llegaban a acercarlo peligrosamente al suelo, obligando a varias personas a sujetarlo y tratar de mantenerlo elevado mientras continuaban los preparativos.
La situación se complicó todavía más por la cantidad de actividad que había alrededor. Había muchas más manos disponibles para ayudar, pero no todas las personas habían participado en el ensayo anterior y se produjeron algunos momentos de descoordinación. A última hora también se sumó la atención de la prensa, interesada en grabar el lanzamiento y entrevistar a los participantes, aumentando todavía más la presión de esos minutos previos.
Finalmente, la sonda pudo despegar y comenzó el ascenso. Durante los primeros minutos todo parecía desarrollarse con normalidad, pero no tardaron en aparecer nuevos problemas. La GoPro dejó de grabar apenas cinco minutos después del lanzamiento, posiblemente debido al calor y a las elevadas temperaturas de aquel día. Además, el sistema central encargado de recopilar los datos de los sensores y controlar la baliza también falló por un pequeño despiste causado por toda la actividad de aquellos minutos. Un detalle que pasó inadvertido y que provocó que perdiésemos tanto los datos almacenados a bordo durante el vuelo como la baliza prevista para facilitar su localización una vez en tierra.
Por suerte, los dos sistemas de seguimiento por radio continuaban permitiéndonos conocer la posición y la altitud de la sonda. Fue precisamente a través de ellos como comprobamos que, mucho antes de alcanzar la altura prevista, el globo había dejado de ascender.
La altura máxima registrada fue de 21.086 metros, muy lejos de los aproximadamente 35 kilómetros que esperábamos. Más tarde comprobaríamos que el globo no había explotado de la forma habitual, sino que se había rasgado, descendiendo prácticamente entero junto con la góndola. Al quedar el paracaídas atrapado en el propio globo, tampoco pudo desplegarse correctamente y la sonda comenzó a caer a gran velocidad.

Lo más frustrante fue que todo esto estaba ocurriendo precisamente en los minutos anteriores a la totalidad. Podíamos ver cómo la altitud disminuía rápidamente y éramos conscientes de que la sonda llegaría al momento más importante del eclipse mucho más cerca del suelo de lo previsto.
Poco más de un minuto antes de comenzar la totalidad todavía se encontraba alrededor de los 4.000 metros. Cuando comenzó, a las 20:28:59, había descendido ya hasta unos 2.920 metros; hacia la mitad de la totalidad se encontraba aproximadamente a 2.210 metros y, cuando finalizó a las 20:30:38, rondaba los 1.520 metros.
A pesar de todas las incidencias, quedaba todavía una cámara funcionando. La Insta360 continuó grabando durante todo el descenso y consiguió registrar el eclipse, convirtiéndose finalmente en el único sistema de imagen que había permanecido operativo durante el momento que llevábamos meses esperando.
Una vez terminado el eclipse, parte del equipo salió hacia el punto de caída para recuperar la sonda. La localización no presentó grandes dificultades y la ausencia de la baliza finalmente no supuso un problema. Salvo tener que cruzar una acequia para llegar hasta ella, la recuperación fue sencilla.
Nuestra sonda aparece en el mapa identificada como EA1KCS-11. El resto de globos visibles corresponden a otros lanzamientos realizados de forma simultánea, algunos pertenecientes a la Misión Globo Sonda y otros a proyectos e investigaciones independientes, como los de la NASA u otras entidades.

La góndola había soportado sorprendentemente bien el impacto y se encontraba en buen estado. El principal daño lo sufrió precisamente la Insta360, cuyo conector de carga se rompió durante la caída, aunque afortunadamente la cámara y las imágenes grabadas pudieron recuperarse.
A pesar de todas las incidencias, el balance de la jornada fue muy positivo. Cientos de personas pudieron disfrutar de un eclipse total de Sol en un entorno excepcional y llevarse un recuerdo que difícilmente olvidarán. Para muchas de ellas, además, fue también la primera, y posiblemente única, ocasión de presenciar en directo el lanzamiento de un globo sonda.
Para nosotros, además, la misión demostró el valor de todo el trabajo realizado durante los meses anteriores. El vuelo no se desarrolló exactamente como habíamos imaginado, pero la redundancia con la que habíamos diseñado los diferentes sistemas permitió seguir la sonda, localizarla y recuperarla incluso después de varios fallos simultáneos. Gracias a ello pudimos conservar imágenes realmente singulares, como el momento en el que se produce el rasgado del globo o la propia grabación del eclipse durante el descenso, aunque no hayamos podido capturar la sombra de la Luna sobre la Tierra.
Ese era precisamente uno de los objetivos de plantear la misión de esta manera: que un problema en uno de los sistemas no significase perderlo todo. Y en esta ocasión quedó demostrado.
Además, nuestra participación formaba parte de un proyecto mucho mayor en el que numerosas asociaciones de toda España realizaron sus propios lanzamientos. Algunos de los equipos participantes consiguieron resultados espectaculares, como nuestros compañeros de AstroCuenca, que lograron obtener magníficas imágenes del eclipse desde gran altitud.
Para nosotros, formar parte de una iniciativa de estas características, diseñar y construir nuestra propia sonda, lanzarla en dos ocasiones y conseguir recuperarla junto con parte de las imágenes fue ya algo extraordinario. No todo salió exactamente según lo previsto, pero precisamente eso convirtió el proyecto en una experiencia todavía más enriquecedora, de la que aprendimos muchísimo, que recordaremos durante mucho tiempo y que seguramente repetiremos en un futuro.


